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Clara Lago

LasHijasDelJazz

by Omar Ayyashi

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Mi orgullo puede parecer pueril. 
A mí no me lo parece, en mi auténtico fondo, porque yo rechazo estos tópicos vigentes en nuestros días, tales como, «Me trajeron al mundo sin consultarme» o «Yo no tengo la culpa de haber nacido». Todo esto me es ajeno.


Sí,esto es culpa, y hace tiempo dijimos que es delito sentirse culpable.
Yo tengo la culpa de haber nacido porque siento el principio de mi vida como voluntad. 
Ganas me dan de decir: si yo no hubiera querido, nadie habría podido hacerme nacer. Pero es demasiado obvio que sin ser no hay querer, y viceversa…


La fecha exacta de mi nacimiento es ésta, pero mis recuerdos datan de quince o veinte años antes. Alcanzan, además, algunos de ellos, a otro continente y otra latitud, y en esas cualidades radica su profundidad: no son recuerdos de hechos lejanos en mí, sino que yo misma era ya un hecho en ellos. En ellos, pues, consisto: vengo de su lejanía. 
Empecé quince o veinte años antes de mi nacimiento, para hablar de cosas en las que no cuenta mi opinión, sino mi ser: lo que estaba en mí antes de tener opinión alguna.


Es decir, que si ahora me pongo a buscar mi recuerdo más lejano, consigo vivir un día, en el segundo año de mi vida, en que me herí en una mano. Recuerdo claramente el rasguño y me recuerdo a mí misma sufriéndolo.


Me llevaba en brazos Julieta, la más querida de mis tías maternas. Íbamos por el pasillo y al entrar en su cuarto… Recuerdo su tocador vestido: una consola cubierta con sabanilla de organdí y encajes. Un espejo con marco blanco, colgado junto a él un botecito para poner el cepillo de dientes, metido en una malla de perlé amarillo, que tenía en el asa por donde estaba colgado un grupo de madroños también amarillos…


Claro que esto puedo recordarlo porque ya antes de aquel momento había tenido en la mano los madroños, en cuya suavidad de terciopelo se hundía la mirada y se extasiaba el tacto sobre el tocador con el esenciero de porcelana rosa.
No son detalles anecdóticos, no: son componentes, constituyentes… Olores acres. 


Los cipreses caldeados por el sol, a media tarde, despedían como una especie de aliento, su perfume denso, oscuro, profundo y sin embargo emparentado con el olor ligero y límpido de la artemisa que brotaba al borde del camino y entre las hojas.

 

Fragmentos de “Desde el Amanecer” 1972
Autora: Rosa Chacel.
Adaptación: Victoria Mendizábal

ClaraLago
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